Los primeros matrimonios homosexuales de los emperadores en el Imperio Romano.

La visión social de la Diversidad Sexual varió considerablemente en las diversas etapas del Imperio Romano. En la época de la República, la homosexualidad estaba penada incluso con la muerte, pues se consideraba una conducta desviada proveniente de los griegos.

Después, en la primera época del imperio, era aceptada y practicada abiertamente por los emperadores, tal como lo documentó Suetonio en su libro “La vida de los 12 césares”, donde cita que 11 de ellos tenían relaciones homosexuales.

Durante el Imperio Romano se produjeron los primeros casos de matrimonio entre dos hombres en la historia. Nerón fue el primer emperador en hacerlo, se casó tres veces con hombres y dos con mujeres.

Esos matrimonios se realizaron sin necesidad de reforma institucional alguna, debido a que en Roma el matrimonio era un contrato privado entre particulares en el que no intervenía el Estado.

Los poetas latinos de la época daban por hecho que todos los hombres sienten deseo homosexual en algún momento de sus vidas. Catulo, Horacio, Virgilio y Ovidio ensalzan las relaciones homoeróticas en sus obras; Petronio, en “El Satiricón”, describe una sociedad imperial con prácticas homosexuales habituales.

Al emperador Julio César se le conocía como “el marido de todas las romanas y la mujer de todos los romanos”. El emperador Adriano mantuvo una relación amorosa con el joven griego Antinoo, a cuya muerte le mandó a edificar numerosos templos en Bitinia, Matineia y Atenas; inclusive, le dedicó toda una ciudad: Antinoópolis.

El emperador Heliogábalo escandalizó a la sociedad del siglo III al casarse vestido de mujer con dos hombres y adoptando públicamente el papel pasivo de la relación. Felipe “El Árabe”, el primer emperador romano cristiano en el siglo III, fue conocido por su gusto por los jovencitos.

La aceptación social de la homosexualidad empezó a decaer a mediados de la época imperial, hasta que, con la llegada del cristianismo, el emperador Teodosio I la volvió a condenar con la pena de muerte en el año 390 después de Cristo. Justiniano I mantuvo la misma ley desde el año 538 hasta la caída de Constantinopla en 1453.

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